viernes, 18 de mayo de 2007

Otra vida

Desde la terraza de la habitación del moderno ático que Luciana Francisca compartía con su hermana Ana Meritxell se podía ver toda la bahía de Nápoles con el puerto al fondo.

Luciana Francisca se despertó esa mañana tarde, con la música que sonaba en su radio-despertador. Era sábado, y eso quería decir que probablemente ella y Ana Meritxell irían a darse una vuelta en uno de los barcos de vela de alguno de los chicos del puerto.

Luciana Francisca se desperezó, salió al balcón a disfrutar de la agradable brisa napolitana, y luego se dirigió al salón para tomar el desayuno. Sin embargo, en ese salón, tomando una taza de café con Ana Meritxell, le esperaba una sorpresa.

Cuando salió de su cuarto encontró a Ana Meritxell sentada con su batín de seda azul a un lado de la barra americana que separaba el salón de la cocina, y al otro a un misterioso muchacho, con barba de 3 días y con pinta de no haberse duchado en otros tantos (vamos, que olía a chotún).

-¿Quién es el chico este?- pregúntó Luciana Francisca.

- Hola Luciana, te presento a Alberto Jonás, creo que tiene algo que contarte- dijo Ana Meritxell.

El chico (este) parecía cansado a la par que nervioso y lévemente asustado por la noticia que tenía que dar.

-¡Vamos, que pasa, dejad de haceros los sospechosos!- dijo Luciana Francisca.

A kilómetros de distancia, en Gaernitia, Isabel Miranda se dirigía a la oficina notarial en compañía de su abogada, Carmen Dorotea.

-¿Te das cuenta de que dentro de poco la mayor parte de este pueblo será tuya?- preguntó alegremente Carmen Dorotea.

-Aún no lo asumo, Carmen Dorotea, pero creeme, estaba preparada para este momento- contestó orgullosa Isabel Miranda.

En la distancia, en Nápoles, estaban a punto de dar una noticia que cambiaría toda la vida de Isabel Miranda... otra vez.

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